Andrés Bernal - Ruta Oeste
¿Qué hay en la mochila?
LA DEHESA ELPAISAJE DEL HOMBRE
Siempre me gusto viajar por el paisaje de las dehesas, comprimir en cada recorrido los diferentes tiempos que la habitan y que a su vez generan sensaciones tan diferentes. Las dehesas son los bocetos de extensos bosques de “quercus”; que antaño pintaban de verde-bosque gran parte de Extremadura. Cada paso que doy entre estos centenarios árboles me indican la historia de cada uno de ellos. En cada piel de encinas y alcornoques se pueden leer las bondades y penurias del clima mediterráneo, éstos son los árboles más habituales de encontrar en las dehesas extremeñas y por lo tanto nuestros aliados. La dehesa fue un bosque, que un día el hombre domesticó, lo adaptó a sus necesidades, y a pesar de su extremo clima: con fríos inviernos, heladas blancas que hielan el aire; con veranos tórridos que calientan el suelo, cubriendo de luz y calor todo este bosque, y con otoños lluviosos que lo empapan todo; aún así, el hombre lo convirtió en el más sostenible de los recursos naturales.
La dehesa es amiga de vivir en altitudes de unos 400 metros y le gusta los extremos, teniendo un clima: con veranos calurosos de casi 40º centígrados, e inviernos con 9ºC. La dehesa extremeña, ha sido durante siglos, un buen ejemplo de ecosistema equilibrado. El nacimiento de la dehesa, se inicia cuando el hombre ahuecó el encinar, modificando un bosque cerrado, que era el bosque mediterráneo, en un paisaje abierto a la vida y al aprovechamiento: ganadero, forestal y agrícola. En los albores de la historia del hombre y el encinar, amanecía siempre la obsesión de éste por controlar todo su entorno. A lo largo de esta relación, la mano del hombre fue eliminando árboles y arbustos, aclarando el bosque, limpiándolo de maleza, pastizales y matorrales. Dejando sólo, aquellos árboles que seguían permitiendo la utilización de la palabra bosque.
Una frondosidad siempre verde, siempre con hojas. Con la luz de la mañana la dehesa se viste con el característico verde-vida, sólo matizado por los amarillos de las flores de las encinas y alcornoques. Cada árbol es un bosque, y cada bosque es un solo árbol. Entre los espacios vacíos de vegetación, el pasto emerge más verde, configurando una las más hermosas imágenes de este ecosistema, sólo su observación deleita al caminante. Andar por este bosque abierto es una de las experiencias más tranquilizadoras y relajantes que he tenido.
La palabra dehesa significa defensa o acotado. Era un mundo grande que debía de protegerse. Un paisaje perfecto, donde el hombre y la naturaleza vivían en armonía. Es aquí donde nacen los “Los hombres de la encinas” un mundo mágico de druidas y amantes de la naturaleza.
La dehesa, en Extremadura la componen sobre todo, dos tipos de árboles, la encina y el alcornoque. Son los protagonistas y vigilantes, desde su mundo estático del discurrir de la vida. Árboles testigos de la evolución del bosque. Espectadores inmóviles de un mundo cambiante y modificado por el hombre. Pero este mar de encinas y alcornoques, tiene también su propio ocaso, un atardecer triste donde la sobreexplotación ganadera, la deforestación, las podas abusivas, el abandono, los incendios….y un largo etcétera de problemas ambientales, están apagando un bosque lleno de existencia. Un paisaje que no dejamos que se regenere, siendo, por lo tanto, un bosque anciano que puede desaparecer, si no permitimos que broten los árboles del futuro.